Siguiendo el río Lot

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Como ya os habíamos dicho en la presentación de esta sección, dado que nos fue imposible dejar a nuestros compañeros peludos en casa, y ante la necesidad de unas bien merecidas vacaciones, decidimos que nos iríamos los 4.

Lo primero de todo fue comprar un carro para mascotas, que tendríamos que arrastras detrás de una de las bicicletas. No sin cierto temor, dado que el peso de trailer y peludos era de 42 kg, a los que tendríamos que sumar el resto de equipaje. Y así se presentaba el panorama.

Con cierto temor ante lo desconocido de mi capacidad para arrastrar semejante peso, decido cambiar el plato de mi bicicleta (solo llevo uno) de uno de 44 dientes a uno de 40, que me permitiría afrontar mejor las subidas.

Puente histórico de Cahors

Para este primer viaje buscamos una ruta no muy montañosa y que siguiera el cauce de algún río, además, y dado que saldríamos de Barcelona en furgoneta, el destino no debería estar muy lejos, ya que preferíamos invertir los días en pedalear y no en conducir. De esta forma nos decantamos por comenzar nuestro viaje siguiendo el río Lot, para luego enlazar con el canal del Garona y posteriormente seguir el curso del río Tarn.

De esta forma, nuestro viaje comienza en Cahors, una bonita ciudad a orillas del río Lot y que cuenta con un estupendo casco histórico. 

Desde Cahors tomamos dirección hacía Aiguillon, donde se une el río Lot con el canal del Garona. La senda era muy sencilla, y si bien hay tramos donde se junta con la carretera, la mayoría del recorrido discurre por carriles bici o pequeños caminos rurales asfaltados sin apenas tráfico, lo cual nos permitía que los peludos hicieran tramos corriendo cada cierto tiempo, para evitar así que se pasasen mucho tiempo en el carro.

Así transcurrían los kilómetros, entre viñedos, bosques y pueblos medievales con mucho encanto y que nos iban regalando bonitas postales, lo cual hacía disfrutar del pedaleo.

Una de las principales cuestiones a tener en cuenta a la hora de viajar con peludos es el tema del agua, ya que si bien pedaleamos cerca de un río, este no siempre está accesible, así que cada cierto tiempo hay que hacer paradas para beber y que los peludos estiren las patas. De esta forma, y con un poco de juego, son ellos los que piden volver a subirse al carro para continuar camino. 

Como ya os habíamos comentado, la ruta esta rodeada de zonas de frutales, entre viñedos y manzanos, lo que nos permitía de tanto en tanto saciar el hambre con fruta recién recogida e incluso guardar una poca para el desayuno, así que para alguien a quien le guste tanto la fruta como a nosotros, esto es un pequeño paraíso.

 

 

Además de todo ello, los numerosos pueblecitos y los bonitos rincones a lo largo de nuestra ruta hace que el pedaleo sea mas ameno, y  a ello añadimos que no hay muchas cuestas, de tal forma que el recorrido no es muy exigente físicamente.

 Así, kilómetro tras kilómetro, nos plantamos en Aiguillon, donde el río Lot se une con el canal del Garona.
El canal del Garona, es una obra impresionante que unía el atlántico con el mediterraneo (junto con el canal del midi) y por donde estaban los caminos laterales del canal que servían para que caballos arrastrasen las barcazas de carga, ahora están habilitados con carriles para bicicletas.

El recorrido por el canal es sencillamente llano, fácil y muy aburrido. El paisaje está plagado de plataneros a ambos lados del camino y tras ellos hay zonas de cultivos. Eso hace que sean jornadas de pedaleo muy monótonas.

La facilidad del pedaleo en esta zona hacen que sea una ruta cicloturista de mucho transito, convirtiéndose, junto con el canal du midi en una de las rutas mas transitadas en bicicleta de Europa.


.Uno de los problemas de la ruta por el Garona llega a la hora de encontrar un sitio para acampar (para los que hacemos cicloturismo autosuficiente), El canal discurre en muchos tramos al lado de carreteras y está franqueado en otras zonas con matorrales que dificultan el poder plantar la tienda de campaña, lo que obliga a que aprovechemos cualquier pequeño trozo de terreno despejado.

Así, poco a poco vamos llegando al último tramo del viaje, el río Tarn, atrás dejamos bonitas imágenes en la retina y algunas de ellas logramos plasmarlas en fotografías.

A veces son solo reflejos sobre el río, momento que aprovechamos para simplemente no hacer nada y relajarnos disfrutando del paso del tiempo.


Otras te permite contemplar una puesta de sol, y es ahí, cuando comienzas a coleccionar atardeceres, donde comienzas a sentir que estás en el lugar apropiado y en el momento preciso.

Se puede decir que entramos en el río Tarn a través de Albi, una ciudad que me trae recuerdos de algún libro leído sobre la cruzada cátara, o también denominada Albigense y de la que hay mucha información por internet. Para uno que es amante de la historia, el relacionar sitios por donde pasas con hechos históricos estudiados representa buen momento para dar un repaso a lo aprendido.

Y a todo esto, días antes del viaje había estado leyendo el libro «la llamada de lo salvaje» de Jack London, que narra la historia de un perro que vive plácidamente en una casa de lujo en compañía de sus amos y tras ser robado y llevado a Alaska en los tiempos de la fiebre del oro, termina viviendo en plena naturaleza.

Esto mismo es lo que yo voy notando en Drako y Odin, a medida que van transcurriendo los días, se van asalvajando y cada vez disfrutan más de su condición de nómadas, viven con la luz del día, juegan, se pelean entre ellos, corren…y también descubren otros placeres que les proporciona la naturaleza, como son las moras, de las que han aprendido a cogerlas, ya sin pincharse y donde hay momentos en los que parece que nos peleamos para ver quien es capaz de comer más.

Así van transcurriendo los días, siempre con un río al lado que nos permite no solo asearnos cada día, sino también disfrutar de bonitos momentos de relax 

La ruta a lo largo del río Tarn es preciosa, casi siempre paralela al cauce del río, sin mucho desnivel, hasta que nos damos cuenta de que apenas nos queda comida y a lo largo de la ruta no encontramos ninguna tienda donde hacer avituallamiento, de tal forma que cuando encontramos un desvío que indica un supermercado a escasos 5 km, decidimos desviarnos. Craso error, las cuestas son brutales y parecen interminables. Estábamos mentalizados de que salir del valle sería duro, pero esto supera nuestras espectativas y en mas de una ocasión nos vemos obligados a echar pie a tierra. Por si fuera poco, es una carretera bastante transitada y no me atrevo a llevar a los perros sueltos, con lo cual el esfuerzo se multiplica y a eso se une que hace bastante calor y las existencias de agua van mermando a medida que pasan los kilómetros.

Una vez arriba, agotados y destrozados físicamente, entramos en el supermercado y arrasamos entre zumos, agua y comida. tenemos que ir dos veces a comprar para reponer los alimentos.

Ya tomando el camino de vuelta haca Cahors decidimos desviarnos hacia un pueblo catalogado como el mas bello de Francia. Bellcastel es una villa donde parece que no ha pasado el tiempo. Tiene un  castillo medieval y todo su entramado está construido en piedra y tiene un camping municipal abierto donde decidimos quedarnos para poder tomar la primera ducha caliente después de 10 días.

Llegar a Belcastel no es difícil, aunque realmente hay unas buenas cuestas, pero en su mayoría de bajada. Lo realmente difícil es salir de aquí, de Hecho me hacía gracia cuando los turistas que habían por allí nos preguntaban si nuestras bicicletas eran eléctricas. 

El resto del camino hasta Cahors lo realizamos casi todo por carretera hasta completar el círculo, además de que los días fueron muy calurosos y debíamos hacer paradas constantes para hidratarnos todos.

Y muchas veces hacíamos paradas simplemente buscando una sombra donde cobijarnos y esperando que alguna nube tapase el sol para poder continuar.

Y finalmente de nuevo en Cahors, donde recogemos la furgoneta y damos por terminado nuestro viaje.

Finalmente, de esta experiencia nos quedamos con la sensación de que no hay nada que nos detenga si ponemos pasión y ganas y en futuras ocasiones ya no nos plantearemos si es o no posible viajar con nuestros amigos peludos.

Buenpedal, septiembre 2016.


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Valle del Loira en familia

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El viaje lo hicimos en furgoneta hasta Orleans, donde nos recibió una pareja de warmshowers. Fue nuestro primer contacto con este estilo de hospitalidad y la verdad es que nos pareció increíble que gente que no conoces de nada te abra las puertas de su casa y te permita compartir unas horas con ellos. Fue un buen aprendizaje el de compartir y ayudar a alguien que no conoces, aunque según dice nuestro padre, todos los cicloturistas (ahora nos incluimos aunque seamos novatos) nos conocemos un poco en la forma de entender los viajes y un poco la vida.

La casa donde vivían nuestros anfitriones estaba situada en un pequeño pueblo a escasos metros del río Loira. Era una casa de 1512 y desde su ventana se veía el castillo del pueblo. La verdad es que la primera impresión antes de comenzar el viaje me encantó, y creo que a mis hermanos también.

A la mañana siguiente nos tocaron diana bastante temprano para lo que estamos acostumbrados unos adolescentes en vacaciones. A las 8 había que desayunar para poder aprovechar las horas donde menos pega el sol, y según nuestro «mentor», para acostumbrarnos a vivir con la luz del sol. Durante los siguientes días no volvimos a pisar una casa donde poder encender la luz, así que nuestras jornadas las marcaría por un lado la luz solar, y por otro las ganas de pedalear.

Si bien no era la primera vez que salíamos en bici, nuestros viajes anteriores no habían sido de mas de un par de días, así que estar 10 días de viaje se nos presentó como un reto, y porqué no decirlo, lo tomamos con algo de suspicacia…..eran muchos días alejados de lo que estamos acostumbrados a hacer en vacaciones.

Nuestro padre nos dijo que en las alforjas debíamos cargar todo lo necesario para subsistir en este viaje, y que lo único que compraríamos es comida cada día. Nos contó que esto es lo que se denomina «cicloturismo autosuficiente». El nombre impone, no creeís?

Desde el primer momento la ruta discurre por carriles bici perfectamente señalizados, así que como primera experiencia, no estuvo mal. Además, al seguir el curso del ría en su dirección al atlántico, la ruta es prácticamente llana.

El primer día no pudo ser mejor, la ruta es una pasada y poder compartirla en familia es algo que nos permite conocernos mejor y convivir en situaciones diferentes a lo que es durante el año.

La primera comida la hicimos al lado de un castillo, seguro que muchos de vosotros lo conoceréis, a nosotros nos pareció increíble

El castillo de Chambord, que por lo visto es un castillo donde el re Francisco I venía a cazar……no vivía mal el rey francés, visitando el castillo nos encontramos con un sin fin de chimeneas, Desde luego, frío no debía pasar

Algo que nos gustó desde el principio es como cambia el concepto de tiempo, acostumbrados a hacer km en coche, donde no da tiempo a contemplar apenas nada dada la velocidad a la que va un automóvil, y poder vivenciar lo que es el paseo tranquilo en bicicleta, donde da tiempo a ver lo que te rodea, a disfrutar de peuqeñas cosas, o incluso, de una conversación con cualquiera de nosotros. Una sensación de poder decir, «ostras, esto me gusta».

Realmente no está mal poder visitar un castillo de estos (además de que es gratuito si vas en bicicleta), pero la verdad, lo verdaderamente bonito de viajar en bicicleta es la carretera, y hay dos frases que siempre nos repetía nuestro padre, y que durante este viaje cobran significado. Una es la de viajar por el placer de ir, la otra, que cuando la rueda empieza a girar, es difícil hacerla parar. Esta última cobró mas significado cuando terminamos el viaje.

Después de descansar y dejar que pasarán las principales horas de sol, continuamos camino. Es increíble que una de las cosas importantes y que aprendimos a valorar desde el primer momento es el poder disponer de agua, no solo para beber, sino también para hacer la comida y para una buena ducha refrescante.

Tanto es así que cargábamos con 14 litros de agua entre los 5, y mi padre se empeñaba en tener al menos 4 litros en todo momento. Además, durante estos días hizo muchísimo calor, con temperaturas rondando los 34 grados así que teníamos que buscar sombras para cobijarnos.

Ya al atardecer buscamos algún sitio donde acampar y poder darnos un baño refrescante, el primer día tocó al lado de un campo de fútbol con un grifo de agua y el río al lado. Todo un lujo….de verdad!!!

Donde pudimos descansar y tomar una estupenda ducha de…..autosuficiencia, por supuesto.

Si nos preguntáis los mejores momentos de viajar así creo que los 4 diríamos el momento de hacer las paradas, para descansar, para comer…o simplemente porque nos apetece un baño en el río.

Es super chulo parar a cocinar y ver que todos ayudamos a hacer algo, aquí impera la ley de si no ayudas, no comes, así que todos a trabajar.

Aquí aprendimos que la comida del ciclista se resume en pasta, cuscus, arroz….aunque también probamos el queso francés, el paté y demás productos de la tierra para alegrar el camino.

Y después de comer….una buena siesta….

En la ruta se alternan campos cultivados, ya sea de girasoles, ya de cereales, con bosques, lo cual la hace especialmente bonita. Además de ello, el encanto de los diferentes pueblos por los que pasas son un valor añadido.

Sabéis lo curioso? A nivel personal nunca me han gustado especialmente ni la geografía ni la historia, pero creo que nunca he aprendido de una forma tan amena ambas cosas. Después de este viaje no olvidaré donde esta el río vienne, ni el Loira, ni Tours o Amboise. Mas que un simple viaje de turismo el cicloturismo puede ser una forma de aprender.

Igual de interesantes eran las charlas, no había un tema en cuestión, pero desde luego no faltaron cuestiones interesantes como la inteligencia emocional, el rappor, alguna clase práctica de mecánica, o lo bien que nos sentimos cuando conseguimos hacer fuego con el pedernal. Una de las cosas que personalmente me gustaron, es poder discutir con un adulto cosas que nos preocupan a los jóvenes. (los estudios, el futuro laboral…), y lo mejor, hacerlo todos juntos. Y como en el grupo había varias generaciones, era de lo mas interesante.

Nos llamó la atención (lo hablamos también) como se transforma la forma de pensar cuando viajas de esta forma. Se agudizan los sentidos para encontrar sitios donde poder dormir, y el sexto sentido te indica cuando un sitio no conviene. Fue una sensación extraña y a la vez gratificante.

Y cosas que jamás se te habrían ocurrido, llega un momento que lo ves de lo más normal, como cuando nos hicimos unos macarrones con ortigas y huevos duros. hasta ese momento veíamos las ortigas como algo dañino 

Estas experiencias ayudan a abrirte al mundo y son algo que no se nos van a olvidar.

Seguro que muchos conocéis el Loira. Hablando con una pareja que se brindó a llenarnos las botellas de agua, nos comentaban que el gobierno francés invirtió bastante en fomentar el «loira a velo» y que cada año son mas los turistas que vienen a visitar este rincón de Francia. 

La ciudad más grande de esta ruta es Tours, en ella está la catedral de tours, que por lo visto tardaron aproximadamente 400 años en terminarla. No es que nos guste mucho la arquitectura eclesiástico, pero las vidrieras de esta catedral son bastante bonitas.

Y aprovechamos la parada en una gran ciudad para reponer comida, ya que en los pueblecitos son escasos los supermercados y eso encarece bastante los precios. Además en Tours hicimos una parada para comer en le «ille simon» una pequeña isla en medio del Loira y que cuenta con un parque inmenso donde poder descansar.

Y seguir con nuestro deporte nacional en este viaje…..las partidas de chinchón y de mentiroso. Y aunque os parezca mentira, aquellos que venimos de los ordenadores y las consolas no somos muy dados a los juegos de cartas. Eso si, en este viaje se entablaban verdaderas «olimpiadas» por el título mundial.

Si los primeros días el cuerpo notaba el esfuerzo del pedaleo, con el paso de los km comprobamos que cada vez nos sentíamos mejor, a eso ayudó que aprendimos a organizar mejor nuestras alforjas y no cargar más de lo necesario para poder comer ese día, y desayunar al siguiente. Una de las máximas para viajar así es que cada cosa tiene su lugar, y un lugar para cada cosa. De esta forma siempre sabremos donde buscar aquello que necesitemos. Lo mas curioso de esto es que es una enseñanza de mi padre, que es un total desordenado en su vida corriente. Nos reíamos preguntándole el porqué de ese desorden en su casa y ese orden sobre la bicicleta. Podéis explicarlo? 

Lo mejor de todo es cuando sabes que no tienes una hora fija para llegar, es ahí cuando el tiempo se dilata y puedes disfrutar el momento. Nos daba igual si parábamos unas  horas a bañarnos en el río. Eso denominábamos el momento «Carpe Diem»

Así que cuando nos apetecía parar, uno de nosotros gritaba, un Carpe Diem? como si de un café se tratara.

Y así transcurrían los km entre baños en el río, acampadas en lugares preciosos y visitas de castillos. Lo de los castillos nos tenía intrigados hasta que nos contaron que todo surgió cuando el rey Francisco I decidió trasladar aquí su corte, y los nobles siguiendo a su rey, decidieron construirse aquí sus «pequeñas viviendas». Es por eso que hay tal cantidad de castillos en tan pocos km.

A medida que avanzábamos en los km, también lo hacíamos en experiencia, ahora ya cada uno teníamos funciones concretas cuando parábamos después de un día de pedaleo. Unos se encargaban de recolectar fruta…

 

Otros de montar campamento…

 

 

Y el resto de otras tareas igual de importantes como hacer la colada…

Alguna vez paramos en un camping, como cuando coincidió con la fiesta nacional francesa, y así pudimos irnos de fiesta y disfrutar de las celebraciones que hacen los franceses por su día nacional

Con el fin de que nos diera tiempo a completar un recorrido circular, decidimos en Saumur dar la vuelta y dirigirnos hacia Chinón, donde hay un impresionante castillo en la cima de una colina, cerca del río. El pueblo también es muy bonito, por lo que ese día decidimos dar un paseo por sus calles.

Para llegar a Chinón seguimos el río Vienne, perfectamente señalizado para ir en bicicleta. Da cierta envidia ver como tienen organizado todo esto para rutas en bicicleta y nos preguntamos si no sería posible hacer lo mismo en España.

Y así transcurrían los días, en la mas completa tranquilidad y sin ninguna preocupación. Aprendes que lo simple es lo que mas te hace disfrutar.

Finalmente llegamos al castillo de Chenonceau, el castillo, junto con Versalles, mas visitado de Francia. Nosotros nos metimos por un camino y nos permitió, mientras comíamos, disfrutar de las estupendas vistas del castillo.

 Finalmente el viaje se acaba, volvimos al punto de origen, donde habíamos dejado la furgoneta, no sin antes pararnos para hacer una fotografía en el cartel donde indica la ruta, ya completada, y con una sensación de poderío y de haber logrado superar este reto.

Y ahora solo nos queda esperar al siguiente viaje…pero eso ya será otra historia.


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