El valle del Draa en bikepacking

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EL TRAILSTAR MATERIAL PARA VIAJES EN AUTOSUFICIENCIA Por Alourido Estás últimas navidades ha llegado a mi, en forma de regalo, un trailstar.


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Llego a Ouarzazate procedente de Madrid y lo primero que me llama la atención son las dimensiones del aeropuerto, mas propias de un aeródromo deportivo que de uno donde llegan vuelos internacionales .

Ello me presenta mi primera grata sorpresa, ya que, acostumbrado a las largas colas para pasar el control de pasaportes en el aeropuerto de Marrakech, en Ouarzazate bastan 30 minutos para que estampen el sello en el pasaporte.

Ahora a por mi siguiente gran duda, como habrá llegado mi bicicleta?

Para mi asombro, y dadas las reducidas dimensiones del aeropuerto, solo hay una cinta de equipajes, y la caja con mi bici perfectamente apoyada en la pared. “Esto empieza bien” me digo a mi mismo.

Lo siguiente, buscar un taxi que me lleve al hotel con quienes trabajo habitualmente, y que me guardarán la caja durante una semana.

Por unos 30dh, unos 3€ al cambio, nos llevan a mi bici y a mi a las puertas del hotel.

Ahora toca desenvalar la bici, que, dado que el viaje está pensado para bikepacking, en apenas 15 min tengo preparado todo el equipo.

La temperatura es ideal, 17 grados y un sol que invita a pedalear por la ciudad.

Ouarzazate, o su traducción, ciudad tranquila, hace honor a su nombre. Al contrario que en otras ciudades marroquíes, aquí no se respira un caos y un bullicio excesivo, lo que es de agradecer.

A tiro de piedra está la kasba de taourik, patrimonio de la humanidad y que como dato curioso, posee en sus relieves iconografía árabe y judía, indudablemente de épocas donde ambas religiones convivían.

Y para finalizar el día, comparto la cena con mi buen amigo Omar y su familia. Por si fuera poco, el año nuevo bereber está próximo y la fiesta se prolonga hasta altas horas de la noche. Entre te y te voy escuchando relatos de su padre, un anciano afable que me trata como uno más de la familia.

Llegar a Agdz desde Ouarzazate obliga a cruzar el antiatlas, una cordillera que, si bien no tiene las mismas pendientes que el Atlas, si hace que los primeros km sean un sube y baja constante hasta plantarte en la base de la montaña con una pendiente considerable.

La dificultad de pedalear en estas fechas radica en los bruscos cambios de temperatura. Salgo de Ouarzazate con 1 grado y a media mañana, justo cuando toca subir, me encuentro con 17 grados.

La cima da paso a una pendiente vertiginosa de casi 18 km, pero antes aprovecho para hacer una foto en lo alto.

La bajada deja imágenes espectaculares, como esta montaña con formas de ojo humano y que me obliga a detener mi descenso.

Y al poco tiempo aparece ante mi el valle del Draa, objetivo de este viaje.

El rio Draa nace en el alto atlas y discurre a lo largo de 1100km, hasta desembocar en el océano atlántico, convirtiéndolo en el más largo de Marruecos.

Es en la ciudad de Agdz donde comienza el denominado valle del Draa, un enorme palmeral de 200 km que ofrece una imagen de contraste entre el verdor del palmeral y los terrenos desérticos de color ocre de los alrededores.

Desde Agdz hay dos vías para llegar a Zagora, ciudad importante en el transcurso del valle del Draa, y puerta para alcanzar las pistas que llevan al desierto de Erg Chebbi, en Merzouga.

La vía principal, con buen firme y carril bici a ambos lados de la carretera es la ruta habitual que utilizan los transportes, tanto de mercancías como turísticos. Se situa en el margen derecho del río, dirección sur.

Y la opción que yo escojo, la antigua ruta caravanera, que era utilizada para el transporte desde tiempos inmemorables de productos traídos del Africa subsahariana y cuyo firme alterna pistas duras de tierra y asfalto. La ventaja es que el tráfico es apenas inexistente.

El margen izquierdo del valle del Draa obliga a hacer un reset mental y me da la sensación de haber entrado en una máquina del tiempo. El asfalto es sustituido por caminos polvorientos de tierra pisada, cuando no de guijarros. Los pueblos son en su totalidad de adobe y el coche prácticamente ha desaparecido, y en su lugar el burro y los carros de caballos dominan el transporte en este apartado lugar. Ya no estoy en el siglo xxi, me da la impresión de haber retrocedido 300 años, cuando los viajes se hacían de forma pausada y el visitante se convertía en una fuente de información de lugares lejanos.

Los habitantes originales de esta tierra es el pueblo amazigh, que en la actualidad se conocen como bereberes. Este pueblo, originario del norte de África se diferencia culturalmente del pueblo árabe, y la principal diferencia radica en la practicidad se sus construcciones. Los pueblos bereberes de denominan ksar, poblados fortificados que se colocaban a lo largo de las rutas caravaneras y que vivían principalmente de proteger a las caravanas, cuando estas pagaban los impuestos solicitados, o de asaltar las caravanas, cuando estas se negaban a pagar los tributos exigidos.
Dentro de los Ksares se podían encontrar las Kasbash, viviendas fortificadas con 4 torres. En cada una de las torres vivía una familia y compartían la cocina y demás estancias comunes.
En esta orilla del valle del Draa se encuentran un número considerable de estas Kasbash, lo cual la convierte en especialmente atractiva  para los amantes de la construcción antigua.
El símbolo del pueblo bereber, está representado por la letra z de su abecedario y representa al hombre libre y es a su vez el que, tiempo atrás, adopte para uno de mis logotipos. En este enlace podéis leer mas sobre ello

 

Me hospedo, ese primer día en el valle del Draa, en un pueblo en ruinas de nombre impronunciable pero muy próximo al río, o al menos lo que en estos momentos hay de él, ya que el deshielo aún no se ha producido en el Atlas y la cantidad de agua que lleva es excasa.
Montar la tienda de campaña es una odisea, el lado más próximo al río está ocupado por parcelas plantadas con palmeras y cereales, en el antiguo cauce del río esta lleno de grandes guijarros y si me alejo del valle, el desierto pedregoso hace imposible clavar una piqueta, así que he de ir muy atento para encontrar un sitio apropiado.
Lo que no escasea es el polvo, procedente del desierto, de una finura extrema, que se te mete por cada poro del cuerpo y que en ocasiones me hace parecer mas un aborigen de estos lugares que un europeo de piel blancuzca, y, al mismo tiempo, mi compañera metálica va cambiando de color a medida que pasan los días.

Viajar en bikepacking se me antoja lo mas parecido a replantearte todas las ideas preconcebidas en referencia a tus necesidades básicas y hacer un trabajo mental para ser capaz de llevar únicamente aquello estrictamente necesario . Si el paso de viajar en vehículo a motor a hacerlo en bicicleta con alforjas supone un trabajo mental para evitar llevar mas cosas de las necesarias, en la modalidad mas minimals, esa evolución supone prescindir de todos los «esto por si…». Ello se vuelve especialmente difícil a la hora de afrontar un viaje como el que os estoy contando, con unas diferencias térmicas que en muchos casos alcanzan los 18 grados.

Lo pude comprobar durmiendo en mi trailstar, y justo cuando se pone el sol (18:30 horas) las temperaturas caen en picado, y llega una hora de la noche, sobre las 2 de la mañana en donde se empieza a notar un frío extremo. A decir verdad, me traigo un saco de plumas para soportar, en teoría, los 5 grados, pero cuando empiezo a notar como mis pies van perdiendo sensibilidad y en mis manos empiezo a notar falta de coordinación, es momento en el que recurro a toda la «artillería» térmica. Me pongo la camiseta, una térmica, un plumas y el chaleco windstopper, más los guantes, las mallas, 3 pares de calcetines y un pantalón térmico. Afortunadamente esto funcionó, ya que mi siguiente opción sería encender un fuego, cosa que delataría mi posición, eso si llego a encontrar material suficiente con el que encenderlo, y por otro lado, al no llevar mechero ni cerillas y tener que hacerlo con el pedernal, la situación sería, cuando menos, divertida.
Y como no podía ser de otra forma en este viaje de contrastes, y como no podía ser que las noches supusiesen simplemente un guarecerse y esperar al día siguiente, ante mis ojos van apareciendo pequeños puntos luminosos en el firmamento. Es en ese momento que decido abandonar mi refugio y me deleito buscando constelaciones con la aplicación de mi móvil y en un momento de éxtasis emocional decido probar con la fotografía nocturna. Se me olvida el frío, se me olvida la inseguridad de un lugar extraño, a cientos de km de una casa amiga, de mi gente y disfruto como un niño del momento presente.
Como había colocado el trailstar con la entrada mirando hacía el lugar por donde sale el sol, son los rayos de este último los que me despiertan con su, inicialmente, leve calor, como si de una caricia se tratara. Un nuevo día comienza, y con un destino conocido, llegar al desierto de Zagora donde me espera mi amigo Youssep y su campamento en el desierto. Pero no os voy a adelantar acontecimientos. Para plantarme en el campamento aún me quedan 90 km por delante.
Y los 90 km se presentan, principalmente, en forma de pista de tierra que me hacen pensar que mi surly troll está disfrutando de lo lindo, y por un momento pienso «mi surly está en su salsa» (en referencia a las dos marcas de bicicletas mas renombradas para viajes off road).
Ante mi vuelven a aparecer pueblos de adobe,  niños corriendo detrás de mi y pidiendome un bolígrafo, un dirhan o un bombón. Pienso que para poder regalar un bolígrafo a cada niño que me cruzo debería ser accionista de la marca Bic. Nunca había visto tanto infante por las calles, jugando a juegos casi olvidados en nuestro país y que por un momento me hace ser consciente de mi proximidad al medio siglo.
Y si ver a tanto niño por la calle me asombra, también lo hacer ver, en cada pequeño pueblo, una escuela.
Una de las principales cosas a tener en cuenta cuando te sales de los circuitos convencionales es que por allí donde tienes pensado pasar, no siempre vas a disponer de todo lo necesario para continuar. Me ocurrió que mis reservas de agua se agotaban y no encontraba ningún sitio donde comprar agua. Es en ese momento que la señal de alarma comienza a sonar y me centro en la búsqueda de una fuente de agua, que finalmente encuentro en una mezquita, donde puedo llenar mis depósitos de agua después de pasar la misma por el depurador.

Otra de las cosas a tener en cuenta si decides hacer esta ruta, es que los horarios de las pequeñas «tiendas» de ultramarinos no son iguales a los que estamos acostumbrados en España, a las 9 aún no han abierto, y es sobre las 10:30 o las 11 cuando comienzan a abrir sus puertas. Este dato es especialmente útil para los que, como yo, vamos comprando la comida por el camino, y sobre todo para que, si quieres desayunar a una hora medianamente temprana, compres lo que necesites el día anterior.

A propósito de la comida, me pasó en un pueblo, que me encontré a un hombre vendiendo nueces, así que decidí comprar 250 gramos y para mi sorpresa, el hombre me regaló una bolsa que bien podía pesar el kg. Imaginad la dificultad para hacerle sitio a tan grato tesoro. Os puedo decir que a partir de ese día, comí nueces en cada jornada, pude invitar a gente que me encontraba por el camino que me agasajaba con una comida y aún me llegaron los apreciados frutos secos hasta los minutos previos a tomar el avión de regreso.
Llevar una surly troll tiene un pequeño problema, allí donde encuentra una pista, por muy difícil que sea, allí que se mete. Esto en ocasiones solo supone dar pequeños rodeos, llegar a sitios donde no tenias pensado llegar o tener que volver sobre tus pasos, pero en otras ocasiones son tantos los cruces de caminos, que me veo obligado a usar el gps para encontrar la ruta correcta, lo que puede suponer tener que bajar de la bici y cruzar un enorme patatal de piedras, así que cuando consigo encontrar una carretera que me lleva a mi destino es todo un acontecimiento
Y lo que parecía que iba a ser el tramo más fácil, alcanzar el campamento de haimas (zagora desert camp.), se convierte en un final poco épico ya que equivoco los cálculos y me meto por una pista que me lleva directo a un río de arena donde no puedo pedalear con mi bici y me veo obligado a andar empujando de la misma. Ello se vuelve una marcha penosa cuando las ruedas se clavan en la arena y me obliga a levantar casi mi montura en volandas para desatascarla.
Por si fuera poco, me pilla la noche y en esas condiciones es difícil seguir, no ya el camino, que ha desaparecido, si no poder apreciar algún punto en el horizonte que me indique cual es mi destino correcto.
Y todo este error viene del gps de mi móvil, que me sitúa el campamento en un lugar que no hay más que montañas.
Finalmente logro distinguir una pequeña luz a lo lejos y allá que me dirijo, y con un par de horas de retraso logro entrar en el campamento donde me espera mi amigo Yousep.

Una buena ducha acompañada de una buena cena, hacen que se me olvide el penoso recorrido por la arena y me entretenga en fotografiar una pequeña parte de la vía lactea, o eso creo.

Hoy toca descansar en cama y mañana, bueno, es otro día y ya veremos como continúa la aventura.
  1. Amanece en el campamento de haimas y me asalta la duda, me meto por las pistas del antiguo Paris Dakar que van desde Zagora a Merzouga o doy la vuelta por donde he venido? Pregunto a mi amigo si conoce el estado del paso de Ramlia, el gran obstáculo de esta ruta y me dice que no está muy transitable. Este es un año que ha llovido mucho en el desierto y el paso junta la arena con el barro. Lo peor es que tengo 4 días para cruzar la ruta de 360 km. Al sexto día me viene una excursión desde España y he de estar en Ouarzazate.

    Así que la decisión está tomada, vuelvo a Ouarzazate, la ruta del Dakar la dejo para Marzo.
    El día es esplendido e invita a pedalear. Lo puedo hacer por la carretera, por la orilla derecha o bien por donde vine, por pistas. La surly no me deja opción, volvemos por pistas.
    El camino de vuelta me asombra, yo que creía que se iba a convertir en algo monótono ya que repetiría itinerario se convierte en todo lo contrario. Decido salir del camino inicial y meterme de lleno por el palmeral. Linea recta entre punto a y punto b.
    No se si ha sido la mejor decisión, pero si que el paisaje no deja de sorprenderme. Ante mi aparecen kasbas abandonadas y paisajes de ensueño.
    No dejo de preguntarme la cantidad de historias que atesoran estos montones de tierra y paja mezclados y que hoy solo son vestigios de un pasado a todas luces mas rico y esplendoroso. ¿Qué es lo que ha hecho que estos lugares hayan dejado de tener la importancia de antaño? Con el reparto de áfrica entre las potencias europeas llegó el declive de las rutas caravaneras. Donde antes no existían fronteras ahora se trazan lineas rectas en el mapa. Y es la falta de estas rutas comerciales las que condenan al olvido a estos pueblos fortificados. El primer mundo, siempre el primer mundo…
    Los km me pasan volando y en dos jornadas me planto en Agdz. Llevo notando, desde el día anterior, que mi rueda trasera necesita un ajuste de radios. Los terrenos pedregosos han hecho de las suyas, y aunque la rueda esta hecha a conciencia, a 4 cruces, necesita un mantenimiento.
    Después de mucho preguntar, encuentro un «taller de bicicletas», y tras acordar el precio de la reparación, el mecánico se pone manos a la obra. Ante mis ojos se pone a calibrar la rueda no con un nivel de ajuste de radios, lo va haciendo a ojo con los dedos. Pienso «madre mía, la rueda me va a quedar hecha una mierda». Después de 10 minutos, termina el arreglo, y para mi asombro, la rueda está perfecta. El precio, 10 dirhan, 1€ al cambio.
    Salgo de agdz, no sin antes haber comprado un kilo de mandarinas, que junto con las nueces, y un pan que compro por 1 dirhan (10 centimos) me tienen que llegar para la comida de hoy. Y tras unos cuantos km, me cruzo con un chico marroquí que va andando con una vieja bicicleta y con unas alforjas similares a las que usé en el año 92, para ir a la expo de Sevilla desde mi tierra natal, Galicia.
    Le pregunto a Driss (así se llama el chico) que si necesita ayuda, a lo que me responde afirmativamente, había pinchado y no sabía cambiar la cámara, así que me pongo a ayudarle y al mismo tiempo a enseñarle para futuras ocasiones, que no dudo que tendrá mas pinchazos al ver el tipo de cubierta que lleva.
    Después de los pertinentes agradecimientos y una amena charla, veo que se dirige a su bicicleta y saca una bolsa de dátiles, y me los regala.

    Para quienes no estáis puestos en esto de los dátiles, deciros que hay un sinfin de variedades, y que unos de los más cotizados son los dátiles reales, grandes y dulces como ningun otro. Y esta es la variedad que Driss me regala.

    Continuo el viaje subiendo de nuevo el antiatlas. Me sonrío pensando en que llevo el kg de nueces, un kg de mandarinas, otro de dátiles y dos panes, así que cuando me cruzo con un pastor que me hace señas para parar, decido continuar camino, no vaya a ser que se le ocurra regalarme una cabra.
    Y como me queda tiempo de sobra, decido llegar a Ouarzazate por un camino diferente al inicial, así que me pongo a buscar la ruta al oasis de fint, a 12 km de la ciudad tranquila. y que encuentro tras una investigación empírica de la ruta, esto es, por ensayo y error.
    En Fint me topo con un artesano del barro que hace hornos para hacer el pan. Siempre me ha gustado ver como trabajan en los diferentes sitios, y me quedo un buen rato embelesado contemplando como, con medios tan rudimentarios, hace unos recipientes tan perfectos.
    Y como quiero acampar antes de que se ponga el sol, decido buscar un sitio donde poner la tienda, y, afortunadamente, Fint dispone de mucho sitio

    Desde el oasis de Fint hasta Ouarzazate hay unos escasos 12 km de fácil pedaleo, salvo al principio, que hay que salvar una buena cuesta.

    Mi surly sigue haciendo de las suyas y me va metiendo por cuanto camino encuentra, afortunadamente las schwalbe marathon plus mtb dan un resultado magnífico y no pincho aún metiendo la bici por verdaderos caminos de cabras.
    Mi viaje podría haber terminado con la llegada a Ouarzazate, pero como aún me queda tiempo, decido ir a hacerle una visita a mi amigo Omar, que tiene una tienda en Ait BenHadoo.
    Para llegar desde Ouarzazate a Ait Benhadoo hay que tomar la carretera que va a Marrakech, y como os podéis imaginar, es una de las vías mas transitadas del sur de Marruecos, es por ello que hay que extremar las precauciones ya que aquí impera la ley del mas grande, atrás quedan las pistas de tierra del valle del Draa, donde apenas había tráfico.
    Saliendo de la ciudad me encentro con los estudios cinematográficos, que me hacen recordar que en esta localidad se sitúan los estudios de cine más importantes de Marruecos, donde trabajan importantes productoras internacionales, en especial para hacer películas históricas. Quien no ha visto las películas de Lawrece de arabia, tras el corazón verde, 007 alta tensión, en el reino de los cielos…? todas rodadas aquí.
    Los 20 km que separan una localidad de otra pasan rápidamente, y en apenas hora y media estoy con mi amigo Omar. Para los que no conozcáis como son los bereberes, deciros que la hospitalidad es quizás el valor que más les caracteriza, y la frase, la «prisa mata» una de las que mas utilizan, es por ello que tras un té viene la invitación a quedarme a comer, y como no, toca Tajim. Ante mi, Omar y sus amigos se ponen a cocinar en una cocina de gas, similar a las que podemos utilizar en nuestros viajes, solo que mas grande. Me comentan que el secreto está en las especias, y yo pienso, aunque lleve especias no podría cocinar esto en mi cocina multifuel. La comida riquísima.

    El resto del día lo empleo en visitar Ait Benhadoo, uno de los lugares turísticos más importantes de Marruecos, y en consecuencia, lleno de turistas durante el día. La noche es otra historia, pero esperad, dejadme que os cuente algo de Ait.

    El ksar de Ait ben Hadoo se encuentra a las orillas del río Ounila. El valle que conforma este río era la antigua ruta caravanero que conectaba el sur de Marruecos con Marrakech, y en consecuencia, en un tramo de unos 60 km fueron creciendo asentamientos en forma de ciudades fortificadas para dar protección a las caravanas (cuando no para asaltarlas).
    Ya os había contado que Ksar significa ciudad fortificada y Ait Benhadoo es el ksar mejor conservado de Marruecos, es por ello que fue declarada patrimonio de la humanidad. Dentro de esta pueblo se pueden ver, en muy buen estado, kasbahs con sus 4 torres (ya había hablado de lo que es una kasbah) y lo que me resulta más curioso es, que el edificio mejor protegido de todo el ksar es…..el granero!! en la parte más alta del cerro donde se asienta Ait Ben hadoo.

    Y si durante el día, Ait esta a rebosar de turistas, es por la noche cuando la cosa cambia y no se ve un alma en todo el pueblo. Es el momento de coger el trípode y la cámara e ir a cazar estrellas, y este lugar, tiene un lugar especial para hacerlo, en un cerro donde se domina el Ksar completamente y donde paso mi última noche del viaje disfrutando del momento, del lugar y de la soledad elegida.

    Duermo plácidamente en la casa que Omar se está construyendo en Ait, que aunque aun no tenga agua, le falte parte del techo y no tenga luz, a mi me pareció el mejor de los alojamientos.

    La mañana siguiente toca despedirse del viaje con un «hasta luego», por delante, los 20 km hasta llegar a Ouarzazate, con tiempo suficiente para dejar mi bicicleta guardada para próximas aventuras por este espectacular país. En dos días estaré recorriendo de nuevo las carreteras de esta zona, pero ese es otro viaje, con un grupo que viene a conocer el desierto de Erg Chebbi, y sin mi fiel compañera de viaje.
    Un saludo a todos, y gracias a los que hayáis podido llegar hasta el final (momentáneo) de esta crónica.

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Llego a Ouarzazate procedente de Madrid y lo primero que me llama la atención son las dimensiones del aeropuerto, mas propias de un aeródromo deportivo que de uno donde llegan vuelos internacionales . Ello me presenta mi primera grata sorpresa, ya que, acostumbrado a las largas colas para pasar el control de pasaportes en el aeropuerto de Marrakech, en Ouarzazate bastan 30 minutos para que estampen el sello en el pasaporte. Ahora a por mi siguiente gran duda, como habrá llegado mi bicicleta? Para mi asombro, y dadas las reducidas dimensiones del aeropuerto, solo hay una cinta de equipajes, y la caja con mi bici perfectamente apoyada en la pared. “Esto empieza bien” me digo a mi mismo. Lo siguiente, buscar un taxi que me lleve al hotel con quienes trabajo habitualmente, y que me guardarán la caja durante una semana. Por unos 30dh, unos 3€ al cambio, nos llevan a mi bici y a mi a las puertas del hotel. Ahora toca desenvalar la bici, que, dado que el viaje está pensado para bikepacking, en apenas 15 min tengo preparado todo el equipo. La temperatura es ideal, 17 grados y un sol que invita a pedalear por la ciudad. Ouarzazate, o su traducción, ciudad tranquila, hace honor a su nombre. Al contrario que en otras ciudades marroquíes, aquí no se respira un caos y un bullicio excesivo, lo que es de agradecer. A tiro de piedra está la kasba de taourik, patrimonio de la humanidad y que como dato curioso, posee en sus relieves iconografía árabe y judía, indudablemente de épocas donde ambas religiones convivían. Y para finalizar el día, comparto la cena con mi buen amigo Omar y su familia. Por si fuera poco, el año nuevo bereber está próximo y la fiesta se prolonga hasta altas horas de la noche. Entre te y te voy escuchando relatos de su padre, un anciano afable que me trata como uno más de la familia. Llegar a Agdz desde Ouarzazate obliga a cruzar el antiatlas, una cordillera que, si bien no tiene las mismas pendientes que el Atlas, si hace que los primeros km sean un sube y baja constante hasta plantarte en la base de la montaña con una pendiente considerable. La dificultad de pedalear en estas fechas radica en los bruscos cambios de temperatura. Salgo de Ouarzazate con 1 grado y a media mañana, justo cuando toca subir, me encuentro con 17 grados. La cima da paso a una pendiente vertiginosa de casi 18 km, pero antes aprovecho para hacer una foto en lo alto. La bajada deja imágenes espectaculares, como esta montaña con formas de ojo humano y que me obliga a detener mi descenso. Y al poco tiempo aparece ante mi el valle del Draa, objetivo de este viaje. El rio Draa nace en el alto atlas y discurre a lo largo de 1100km, hasta desembocar en el océano atlántico, convirtiéndolo en el más largo de Marruecos. Es en la ciudad de Agdz donde comienza el denominado valle del Draa, un enorme palmeral de 200 km que ofrece una imagen de contraste entre el verdor del palmeral y los terrenos desérticos de color ocre de los alrededores. Desde Agdz hay dos vías para llegar a Zagora, ciudad importante en el transcurso del valle del Draa, y puerta para alcanzar las pistas que llevan al desierto de Erg Chebbi, en Merzouga. La vía principal, con buen firme y carril bici a ambos lados de la carretera es la ruta habitual que utilizan los transportes, tanto de mercancías como turísticos. Se situa en el margen derecho del río, dirección sur. Y la opción que yo escojo, la antigua ruta caravanera, que era utilizada para el transporte desde tiempos inmemorables de productos traídos del Africa subsahariana y cuyo firme alterna pistas duras de tierra y asfalto. La ventaja es que el tráfico es apenas inexistente. El margen izquierdo del valle del Draa obliga a hacer un reset mental y me da la sensación de haber entrado en una máquina del tiempo. El asfalto es sustituido por caminos polvorientos de tierra pisada, cuando no de guijarros. Los pueblos son en su totalidad de adobe y el coche prácticamente ha desaparecido, y en su lugar el burro y los carros de caballos dominan el transporte en este apartado lugar. Ya no estoy en el siglo xxi, me da la impresión de haber retrocedido 300 años, cuando los viajes se hacían de forma pausada y el visitante se convertía en una fuente de información de lugares lejanos.
Los habitantes originales de esta tierra es el pueblo amazigh, que en la actualidad se conocen como bereberes. Este pueblo, originario del norte de África se diferencia culturalmente del pueblo árabe, y la principal diferencia radica en la practicidad se sus construcciones. Los pueblos bereberes de denominan ksar, poblados fortificados que se colocaban a lo largo de las rutas caravaneras y que vivían principalmente de proteger a las caravanas, cuando estas pagaban los impuestos solicitados, o de asaltar las caravanas, cuando estas se negaban a pagar los tributos exigidos.
Dentro de los Ksares se podían encontrar las Kasbash, viviendas fortificadas con 4 torres. En cada una de las torres vivía una familia y compartían la cocina y demás estancias comunes.
En esta orilla del valle del Draa se encuentran un número considerable de estas Kasbash, lo cual la convierte en especialmente atractiva  para los amantes de la construcción antigua.
El símbolo del pueblo bereber, está representado por la letra z de su abecedario y representa al hombre libre y es a su vez el que, tiempo atrás, adopte para uno de mis logotipos. En este enlace podéis leer mas sobre ello
 
Me hospedo, ese primer día en el valle del Draa, en un pueblo en ruinas de nombre impronunciable pero muy próximo al río, o al menos lo que en estos momentos hay de él, ya que el deshielo aún no se ha producido en el Atlas y la cantidad de agua que lleva es excasa.
Montar la tienda de campaña es una odisea, el lado más próximo al río está ocupado por parcelas plantadas con palmeras y cereales, en el antiguo cauce del río esta lleno de grandes guijarros y si me alejo del valle, el desierto pedregoso hace imposible clavar una piqueta, así que he de ir muy atento para encontrar un sitio apropiado.
Lo que no escasea es el polvo, procedente del desierto, de una finura extrema, que se te mete por cada poro del cuerpo y que en ocasiones me hace parecer mas un aborigen de estos lugares que un europeo de piel blancuzca, y, al mismo tiempo, mi compañera metálica va cambiando de color a medida que pasan los días.
Viajar en bikepacking se me antoja lo mas parecido a replantearte todas las ideas preconcebidas en referencia a tus necesidades básicas y hacer un trabajo mental para ser capaz de llevar únicamente aquello estrictamente necesario . Si el paso de viajar en vehículo a motor a hacerlo en bicicleta con alforjas supone un trabajo mental para evitar llevar mas cosas de las necesarias, en la modalidad mas minimals, esa evolución supone prescindir de todos los «esto por si…». Ello se vuelve especialmente difícil a la hora de afrontar un viaje como el que os estoy contando, con unas diferencias térmicas que en muchos casos alcanzan los 18 grados.
Lo pude comprobar durmiendo en mi trailstar, y justo cuando se pone el sol (18:30 horas) las temperaturas caen en picado, y llega una hora de la noche, sobre las 2 de la mañana en donde se empieza a notar un frío extremo. A decir verdad, me traigo un saco de plumas para soportar, en teoría, los 5 grados, pero cuando empiezo a notar como mis pies van perdiendo sensibilidad y en mis manos empiezo a notar falta de coordinación, es momento en el que recurro a toda la «artillería» térmica. Me pongo la camiseta, una térmica, un plumas y el chaleco windstopper, más los guantes, las mallas, 3 pares de calcetines y un pantalón térmico. Afortunadamente esto funcionó, ya que mi siguiente opción sería encender un fuego, cosa que delataría mi posición, eso si llego a encontrar material suficiente con el que encenderlo, y por otro lado, al no llevar mechero ni cerillas y tener que hacerlo con el pedernal, la situación sería, cuando menos, divertida.
Y como no podía ser de otra forma en este viaje de contrastes, y como no podía ser que las noches supusiesen simplemente un guarecerse y esperar al día siguiente, ante mis ojos van apareciendo pequeños puntos luminosos en el firmamento. Es en ese momento que decido abandonar mi refugio y me deleito buscando constelaciones con la aplicación de mi móvil y en un momento de éxtasis emocional decido probar con la fotografía nocturna. Se me olvida el frío, se me olvida la inseguridad de un lugar extraño, a cientos de km de una casa amiga, de mi gente y disfruto como un niño del momento presente.
Como había colocado el trailstar con la entrada mirando hacía el lugar por donde sale el sol, son los rayos de este último los que me despiertan con su, inicialmente, leve calor, como si de una caricia se tratara. Un nuevo día comienza, y con un destino conocido, llegar al desierto de Zagora donde me espera mi amigo Youssep y su campamento en el desierto. Pero no os voy a adelantar acontecimientos. Para plantarme en el campamento aún me quedan 90 km por delante.
Y los 90 km se presentan, principalmente, en forma de pista de tierra que me hacen pensar que mi surly troll está disfrutando de lo lindo, y por un momento pienso «mi surly está en su salsa» (en referencia a las dos marcas de bicicletas mas renombradas para viajes off road).
Ante mi vuelven a aparecer pueblos de adobe,  niños corriendo detrás de mi y pidiendome un bolígrafo, un dirhan o un bombón. Pienso que para poder regalar un bolígrafo a cada niño que me cruzo debería ser accionista de la marca Bic. Nunca había visto tanto infante por las calles, jugando a juegos casi olvidados en nuestro país y que por un momento me hace ser consciente de mi proximidad al medio siglo.
Y si ver a tanto niño por la calle me asombra, también lo hacer ver, en cada pequeño pueblo, una escuela.
Una de las principales cosas a tener en cuenta cuando te sales de los circuitos convencionales es que por allí donde tienes pensado pasar, no siempre vas a disponer de todo lo necesario para continuar. Me ocurrió que mis reservas de agua se agotaban y no encontraba ningún sitio donde comprar agua. Es en ese momento que la señal de alarma comienza a sonar y me centro en la búsqueda de una fuente de agua, que finalmente encuentro en una mezquita, donde puedo llenar mis depósitos de agua después de pasar la misma por el depurador.
Otra de las cosas a tener en cuenta si decides hacer esta ruta, es que los horarios de las pequeñas «tiendas» de ultramarinos no son iguales a los que estamos acostumbrados en España, a las 9 aún no han abierto, y es sobre las 10:30 o las 11 cuando comienzan a abrir sus puertas. Este dato es especialmente útil para los que, como yo, vamos comprando la comida por el camino, y sobre todo para que, si quieres desayunar a una hora medianamente temprana, compres lo que necesites el día anterior.
A propósito de la comida, me pasó en un pueblo, que me encontré a un hombre vendiendo nueces, así que decidí comprar 250 gramos y para mi sorpresa, el hombre me regaló una bolsa que bien podía pesar el kg. Imaginad la dificultad para hacerle sitio a tan grato tesoro. Os puedo decir que a partir de ese día, comí nueces en cada jornada, pude invitar a gente que me encontraba por el camino que me agasajaba con una comida y aún me llegaron los apreciados frutos secos hasta los minutos previos a tomar el avión de regreso.
Llevar una surly troll tiene un pequeño problema, allí donde encuentra una pista, por muy difícil que sea, allí que se mete. Esto en ocasiones solo supone dar pequeños rodeos, llegar a sitios donde no tenias pensado llegar o tener que volver sobre tus pasos, pero en otras ocasiones son tantos los cruces de caminos, que me veo obligado a usar el gps para encontrar la ruta correcta, lo que puede suponer tener que bajar de la bici y cruzar un enorme patatal de piedras, así que cuando consigo encontrar una carretera que me lleva a mi destino es todo un acontecimiento
Y lo que parecía que iba a ser el tramo más fácil, alcanzar el campamento de haimas (zagora desert camp.), se convierte en un final poco épico ya que equivoco los cálculos y me meto por una pista que me lleva directo a un río de arena donde no puedo pedalear con mi bici y me veo obligado a andar empujando de la misma. Ello se vuelve una marcha penosa cuando las ruedas se clavan en la arena y me obliga a levantar casi mi montura en volandas para desatascarla.
Por si fuera poco, me pilla la noche y en esas condiciones es difícil seguir, no ya el camino, que ha desaparecido, si no poder apreciar algún punto en el horizonte que me indique cual es mi destino correcto.
Y todo este error viene del gps de mi móvil, que me sitúa el campamento en un lugar que no hay más que montañas.
Finalmente logro distinguir una pequeña luz a lo lejos y allá que me dirijo, y con un par de horas de retraso logro entrar en el campamento donde me espera mi amigo Yousep.
Una buena ducha acompañada de una buena cena, hacen que se me olvide el penoso recorrido por la arena y me entretenga en fotografiar una pequeña parte de la vía lactea, o eso creo.
Hoy toca descansar en cama y mañana, bueno, es otro día y ya veremos como continúa la aventura.
  1. Amanece en el campamento de haimas y me asalta la duda, me meto por las pistas del antiguo Paris Dakar que van desde Zagora a Merzouga o doy la vuelta por donde he venido? Pregunto a mi amigo si conoce el estado del paso de Ramlia, el gran obstáculo de esta ruta y me dice que no está muy transitable. Este es un año que ha llovido mucho en el desierto y el paso junta la arena con el barro. Lo peor es que tengo 4 días para cruzar la ruta de 360 km. Al sexto día me viene una excursión desde España y he de estar en Ouarzazate.
    Así que la decisión está tomada, vuelvo a Ouarzazate, la ruta del Dakar la dejo para Marzo.
    El día es esplendido e invita a pedalear. Lo puedo hacer por la carretera, por la orilla derecha o bien por donde vine, por pistas. La surly no me deja opción, volvemos por pistas.
    El camino de vuelta me asombra, yo que creía que se iba a convertir en algo monótono ya que repetiría itinerario se convierte en todo lo contrario. Decido salir del camino inicial y meterme de lleno por el palmeral. Linea recta entre punto a y punto b.
    No se si ha sido la mejor decisión, pero si que el paisaje no deja de sorprenderme. Ante mi aparecen kasbas abandonadas y paisajes de ensueño.
    No dejo de preguntarme la cantidad de historias que atesoran estos montones de tierra y paja mezclados y que hoy solo son vestigios de un pasado a todas luces mas rico y esplendoroso. ¿Qué es lo que ha hecho que estos lugares hayan dejado de tener la importancia de antaño? Con el reparto de áfrica entre las potencias europeas llegó el declive de las rutas caravaneras. Donde antes no existían fronteras ahora se trazan lineas rectas en el mapa. Y es la falta de estas rutas comerciales las que condenan al olvido a estos pueblos fortificados. El primer mundo, siempre el primer mundo…
    Los km me pasan volando y en dos jornadas me planto en Agdz. Llevo notando, desde el día anterior, que mi rueda trasera necesita un ajuste de radios. Los terrenos pedregosos han hecho de las suyas, y aunque la rueda esta hecha a conciencia, a 4 cruces, necesita un mantenimiento.
    Después de mucho preguntar, encuentro un «taller de bicicletas», y tras acordar el precio de la reparación, el mecánico se pone manos a la obra. Ante mis ojos se pone a calibrar la rueda no con un nivel de ajuste de radios, lo va haciendo a ojo con los dedos. Pienso «madre mía, la rueda me va a quedar hecha una mierda». Después de 10 minutos, termina el arreglo, y para mi asombro, la rueda está perfecta. El precio, 10 dirhan, 1€ al cambio.
    Salgo de agdz, no sin antes haber comprado un kilo de mandarinas, que junto con las nueces, y un pan que compro por 1 dirhan (10 centimos) me tienen que llegar para la comida de hoy. Y tras unos cuantos km, me cruzo con un chico marroquí que va andando con una vieja bicicleta y con unas alforjas similares a las que usé en el año 92, para ir a la expo de Sevilla desde mi tierra natal, Galicia.
    Le pregunto a Driss (así se llama el chico) que si necesita ayuda, a lo que me responde afirmativamente, había pinchado y no sabía cambiar la cámara, así que me pongo a ayudarle y al mismo tiempo a enseñarle para futuras ocasiones, que no dudo que tendrá mas pinchazos al ver el tipo de cubierta que lleva.
    Después de los pertinentes agradecimientos y una amena charla, veo que se dirige a su bicicleta y saca una bolsa de dátiles, y me los regala.
    Para quienes no estáis puestos en esto de los dátiles, deciros que hay un sinfin de variedades, y que unos de los más cotizados son los dátiles reales, grandes y dulces como ningun otro. Y esta es la variedad que Driss me regala.
    Continuo el viaje subiendo de nuevo el antiatlas. Me sonrío pensando en que llevo el kg de nueces, un kg de mandarinas, otro de dátiles y dos panes, así que cuando me cruzo con un pastor que me hace señas para parar, decido continuar camino, no vaya a ser que se le ocurra regalarme una cabra.
    Y como me queda tiempo de sobra, decido llegar a Ouarzazate por un camino diferente al inicial, así que me pongo a buscar la ruta al oasis de fint, a 12 km de la ciudad tranquila. y que encuentro tras una investigación empírica de la ruta, esto es, por ensayo y error.
    En Fint me topo con un artesano del barro que hace hornos para hacer el pan. Siempre me ha gustado ver como trabajan en los diferentes sitios, y me quedo un buen rato embelesado contemplando como, con medios tan rudimentarios, hace unos recipientes tan perfectos.
    Y como quiero acampar antes de que se ponga el sol, decido buscar un sitio donde poner la tienda, y, afortunadamente, Fint dispone de mucho sitio
    Desde el oasis de Fint hasta Ouarzazate hay unos escasos 12 km de fácil pedaleo, salvo al principio, que hay que salvar una buena cuesta.
    Mi surly sigue haciendo de las suyas y me va metiendo por cuanto camino encuentra, afortunadamente las schwalbe marathon plus mtb dan un resultado magnífico y no pincho aún metiendo la bici por verdaderos caminos de cabras.
    Mi viaje podría haber terminado con la llegada a Ouarzazate, pero como aún me queda tiempo, decido ir a hacerle una visita a mi amigo Omar, que tiene una tienda en Ait BenHadoo.
    Para llegar desde Ouarzazate a Ait Benhadoo hay que tomar la carretera que va a Marrakech, y como os podéis imaginar, es una de las vías mas transitadas del sur de Marruecos, es por ello que hay que extremar las precauciones ya que aquí impera la ley del mas grande, atrás quedan las pistas de tierra del valle del Draa, donde apenas había tráfico.
    Saliendo de la ciudad me encentro con los estudios cinematográficos, que me hacen recordar que en esta localidad se sitúan los estudios de cine más importantes de Marruecos, donde trabajan importantes productoras internacionales, en especial para hacer películas históricas. Quien no ha visto las películas de Lawrece de arabia, tras el corazón verde, 007 alta tensión, en el reino de los cielos…? todas rodadas aquí.
    Los 20 km que separan una localidad de otra pasan rápidamente, y en apenas hora y media estoy con mi amigo Omar. Para los que no conozcáis como son los bereberes, deciros que la hospitalidad es quizás el valor que más les caracteriza, y la frase, la «prisa mata» una de las que mas utilizan, es por ello que tras un té viene la invitación a quedarme a comer, y como no, toca Tajim. Ante mi, Omar y sus amigos se ponen a cocinar en una cocina de gas, similar a las que podemos utilizar en nuestros viajes, solo que mas grande. Me comentan que el secreto está en las especias, y yo pienso, aunque lleve especias no podría cocinar esto en mi cocina multifuel. La comida riquísima.
    El resto del día lo empleo en visitar Ait Benhadoo, uno de los lugares turísticos más importantes de Marruecos, y en consecuencia, lleno de turistas durante el día. La noche es otra historia, pero esperad, dejadme que os cuente algo de Ait.
    El ksar de Ait ben Hadoo se encuentra a las orillas del río Ounila. El valle que conforma este río era la antigua ruta caravanero que conectaba el sur de Marruecos con Marrakech, y en consecuencia, en un tramo de unos 60 km fueron creciendo asentamientos en forma de ciudades fortificadas para dar protección a las caravanas (cuando no para asaltarlas).
    Ya os había contado que Ksar significa ciudad fortificada y Ait Benhadoo es el ksar mejor conservado de Marruecos, es por ello que fue declarada patrimonio de la humanidad. Dentro de esta pueblo se pueden ver, en muy buen estado, kasbahs con sus 4 torres (ya había hablado de lo que es una kasbah) y lo que me resulta más curioso es, que el edificio mejor protegido de todo el ksar es…..el granero!! en la parte más alta del cerro donde se asienta Ait Ben hadoo.
    Y si durante el día, Ait esta a rebosar de turistas, es por la noche cuando la cosa cambia y no se ve un alma en todo el pueblo. Es el momento de coger el trípode y la cámara e ir a cazar estrellas, y este lugar, tiene un lugar especial para hacerlo, en un cerro donde se domina el Ksar completamente y donde paso mi última noche del viaje disfrutando del momento, del lugar y de la soledad elegida.
    Duermo plácidamente en la casa que Omar se está construyendo en Ait, que aunque aun no tenga agua, le falte parte del techo y no tenga luz, a mi me pareció el mejor de los alojamientos.
    La mañana siguiente toca despedirse del viaje con un «hasta luego», por delante, los 20 km hasta llegar a Ouarzazate, con tiempo suficiente para dejar mi bicicleta guardada para próximas aventuras por este espectacular país. En dos días estaré recorriendo de nuevo las carreteras de esta zona, pero ese es otro viaje, con un grupo que viene a conocer el desierto de Erg Chebbi, y sin mi fiel compañera de viaje.
    Un saludo a todos, y gracias a los que hayáis podido llegar hasta el final (momentáneo) de esta crónica.